Hacer ciencia en la “revolución” resultó más difícil que en gobiernos pasados

La investigación científica nunca ha estado en la lista de prioridades de los gobernantes ni las carreras de ciencias han gozado de la mayor demanda en las universidades. A pesar de que todo pareció cambiar durante los primeros años de la revolución, las promesas a los investigadores se diluyeron y la motivación bajó tanto como el número de publicaciones científicas. Hacer ciencia en la “revolución” se ha convertido en una hazaña.

Un golpe duro para la comunidad científica fue la declaración que dio el vicepresidente de la República, Jorge Arreaza, en noviembre de 2014: “Nosotros no vamos a eliminar el IVIC. Nosotros lo que vamos a eliminar es la ciencia elitesca, la ciencia para el capitalismo, la ciencia que no es útil para el pueblo”. Sin embargo, el profesor e investigador de la Universidad Central de Venezuela y Director Ejecutivo del Observatorio Nacional de Ciencia y Tecnología, Paulino Betancourt no piensa igual que el vicepresidente. “¿Cómo un científico va a ser élite en este país si gana sueldo mínimo?”, expresa.

“Se desconoce lo que somos, lo que hacemos y el valor de transformación social que tiene la ciencia. Se nos menosprecia”, asegura Félix Moronta, doctor en Microbiología e investigador en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC).

A pesar de que los ataques contra la ciencia sean constantes con los bajos salarios y los obstáculos para ejercer, el trabajo de Moronta refuta las palabras del vicepresidente. Su ciencia sí es útil: Actualmente, el investigador lleva un proyecto en el que usa unas bacterias para fertilizar los campos de arroz. Su utilidad recae en que podría contribuir con la llamada soberanía alimentaria que el Gobierno predica. “Son biofertilizantes de arroz, que ayudarían a mitigar el uso de químicos y a usar fertilizantes más amigables”, explica.

Sin embargo, ejercer la ciencia en Venezuela se ha convertido en una carrera de obstáculos en los últimos años. Los bajos presupuestos, la inflación y las limitaciones impuestas por organismos gubernamentales hacen del ejercicio de investigación una hazaña con poco reconocimiento.

La llegada de “la ciencia útil”, alineada con los supuestos valores de la revolución, redujo la lista de opciones de los científicos. Ahora los financiamientos son dirigidos únicamente a los proyectos que atiendan a la lo que la revolución considera como “ciencia necesaria”, según señala un trabajo elaborado por Jaime Requena, Carlo Caputo y Benjamín Scharifker.

Aunque todavía se siguen haciendo colaboraciones con países de peso en materia científica y la tecnológica, como Estados Unidos, también se han emprendido trabajos con naciones más afines a la ideología del gobierno. Recientemente se aprobó un proyecto con Bielorrusia por una millonaria cifra en dólares, un país que, de acuerdo con Gioconda San Blas, presidenta de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales (Aficman), “representa un cero a la izquierda” en el mundo de la ciencia.

Félix Moronta contó a Efecto Cocuyo que recibe un presupuesto anual asignado por el IVIC de 100 mil bolívares para hacer invetigaciones. A pesar de que el monto sea bajo, “la suma de dinero rinde porque el instituto tiene acceso a dólar preferencial”, cuenta. Sin embargo, el investigador asegura que ya no hay divisas y que el fondo solo puede gastarse en ciertas empresas del Registro Nacional de Contratistas.

“Muchos laboratorios no hemos tenido en dónde gastarlos porque en las compañías en las cuales se puede no tienen los insumos. Y si se consigue algo en otras, no se puede comprar porque no son las asignadas”, explica.

De acuerdo con Flor Pujol, viróloga molecular en el IVIC con más de 20 años trabajando en la institución, hasta el año pasado tuvieron acceso a las divisas sin tantos problemas. Sin embargo, la situación actual “ha ocasionado que las investigaciones se dejaran de hacer o quedaran paralizadas”.

La ciencia no solo tiene las manos atadas en los laboratorios, sino también en los concursos y convenciones que buscan incentivar la investigación. Desde 2013 no se realizan las convocatorias del Mppeuct y participar en las convenciones de la Asociación Venezolana para el Avance de la Ciencia (Asovac) también implica restricciones.

Moronta cuenta que intentó registrar un trabajo en la convención de la Asovac este año y no pudo porque la asociación no está en el Registro Nacional de Contratistas. De continuar con las mismas condiciones, Venezuela nunca podrá innovar en materia científica. “Siempre vamos a depender de lo que otros descubran y lo que otros nos enseñen”, expresa Moronta.

Cultores y científicos

La labor científica también se ha visto mermada en papel. En la Ley Orgánica de Ciencia, Tecnología e Innovación los investigadores pasaron a ser llamados “cultores” y “cultoras” científicos. De acuerdo con la Real Academia Española, la palabra cultor tiene dos significados: cultivador o que adora o venera algo. Un concepto algo alejado de la ciencia moderna.

También se introdujo el concepto de “saberes populares”, que no necesariamente requieren de una comprobación científica, sino que se nutre de la “experiencia popular”. Este concepto fue difundido por el propio presidente Hugo Chávez y se materializó con la Misión Ciencia en febrero de 2006 y la creación de los Comités de Saberes en el seno de las Consejos Comunales.

De acuerdo con Paulino Betancourt, la ciencia nunca ha sido lo suficientemente reconocida en Venezuela; Sin embargo, asegura que desde la llegada de Chávez al poder existe una pretensión por cambiar el sentido que tenía la ciencia anteriormente.

Una “explosión masiva del conocimiento”, dijo Hugo Chávez que sería la Misión Ciencia en su lanzamiento desde el Complejo Hidroeléctrico Macagua, en Ciudad Guayana, donde a través del programa 247 de Aló Presidente, expusieron las primeras muestras de “innovaciones populares” entre las que destacan un recolector de Sábila, una casa rodante de techo de palma o zinc, una máquina para detectar cáncer de mama en menos de 35 segundos, pero desarrollada en Cuba, el prototipo de seccionador tripolar para la electricidad que sustituiría las importaciones para la electrificación del país, entre otros.

Betancour explica que a partir de esta política, “se cambió la concepción de que la ciencia la hacían los investigadores científicos, por la idea de que la puede hacer cualquier persona que tenga el ‘talento’. Se empezó a llamar ‘innovador’ a cualquiera que generara algún conocimiento que fuera de interés”.

Si bien el especialista afirma que esto ha permitido que se visibilicen proyectos que no gozaban de exposición, también señala que se ha menospreciado la labor del investigador. “Para hacer ciencia es necesario tener algún tipo de formación. Llamarlo innovación no es correcto porque es el último paso después de que uno desarrolla la tecnología”, indica Betancourt.

La ciencia rojita

A pesar de que el Gobierno ha decretado leyes y ha implementado programas para promover su tipo de ciencia e investigación en el país, en los últimos cinco años, los indicadores han ido en picada. De acuerdo con el trabajo realizado por Requena, Caputo y Scharifker, en 1990 se alcanzó un valor máximo de 0,5 publicaciones por investigador. Esa proporción ha ido disminuyendo y, en 2011, la cifra se redujo a 0,06.

Las publicaciones no solo se ven golpeadas por la falta de presupuesto para realizar proyectos, sino también por la escasez de papel y el costo de los materiales. “En la academia nosotros sacamos un boletín donde publicamos trabajos de investigación, pero las cosas se están haciendo tan costosas”, asegura San Blas, presidenta de Aficman.

La misma situación se repite en institutos de investigación, como el IVIC, y en casas de estudio, como la Universidad de Los Andes. Ante este escenario, las publicaciones y papers tienen dos opciones: o circular en digital o extinguirse.

Ciencia edit correct

Los traslados y viajes a convenciones y conferencias también forman parte del trabajo de los investigadores. Sin embargo, la situación actual arrebató cualquier posibilidad de informar en el exterior lo que se está haciendo en el país y establecer alianzas para futuras colaboraciones.

El pasado martes 20 de octubre, el Consejo de Desarrollo Científico, Humanístico, Tecnológico y de las Artes (CDCHTA) de la Universidad de los Andes informó que “la recepción de solicitudes para asistencia a eventos nacionales e internacionales, así como requerimiento de viáticos para proyectos de investigación” quedaron suspendidas “debido al agotamiento de los recursos”.

“Algo que enriquece a un investigador es asistir a los convenios de su campo porque intercambian ideas y se consiguen alianzas, pero ¿cuánto no cuesta un pasaje al exterior?”, asegura San Blas. Si asisten, los gastos corren por cuenta propia porque los pagos de viáticos y de boletos no pueden ser costeados por los institutos.

La ciencia aquí y la ciencia afuera

Los bajos salarios encabezan la lista de la falta de reconocimiento a la profesión y es el principal motivo de que entes adscritos al Ministerio del Poder Popular para la Educación Universitaria, Ciencia y Tecnología (Mppeuct) protesten en las calles, en la sede del ministerio y en las redes sociales.

Además del personal del IVIC, trabajadores de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis) y de la Fundación Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) se han unido a la solicitud de un ajuste salarial. Con los lemas de “ciencia pelando” y “la ciencia también come”, los profesionales de esta área buscan una audiencia con el ministro Manuel Fernández.

Desde abril de este año comenzaron las solicitudes por el ajuste salarial. Trabajadores del IVIC aseguran que enviaron cartas al ministerio pero, ante la falta de respuesta, acudieron a otro tipo de protestas, como el cierre de la entrada del instituto. El sueldo más alto es de 8 mil bolívares quincenales. Eso es lo que cobra Reinaldo Marín, investigador titular en el IVIC especializado en Biofísica y Bioquímica, con todas las deducciones.

El sueldo de Flor Pujol también ronda en ese mismo orden a pesar de que la investigadora lleve 23 años trabajando en el IVIC. Son 33 si se cuenta el tiempo que pasó dentro de la institución como estudiante haciendo su maestría y su doctorado. Su ciencia tampoco es inútil. Especializada en virología molecular, el laboratorio en donde trabaja presta un servicio de diagnóstico para pacientes con VIH y con hepatitis B y C. A través de las pruebas que realiza, es posible determinar cuál es el mejor tratamiento para cada caso. Aunque no hay ni reactivos ni antirretrovirales en el país y las renuncias en el IVIC son una constante, el laboratorio aún no se ha declarado en cierre técnico.

Ante esta situación, muchos refieren migrar a las empresas privadas y trabajar en laboratorios farmacéuticos. Los que tienen la posibilidad, emigran. Incluso hay venezolanos que han aprovechado programas destinados a la ciencia, como el Proyecto Prometeo, implementado en Ecuador con el fin de captar investigadores de otros países.

Luis Velásquez, profesor universitario e investigador, es uno de los venezolanos que ha participado en el proyecto y actualmente vive en Guayaquil, Ecuador, desde marzo de este año, donde está llevando a cabo un trabajo de investigación en biocombustibles.

“Este proyecto es una muestra de que el país está buscando mejorar la calidad de sus docentes y de los investigadores. La idea no es que el docente venga a investigar y se vaya, sino que forma también a los docentes y los investigadores”, explica Velásquez.

Como medida para captar científicos y potenciar el progreso en el área de la investigación, países de la región ofrecen a los profesionales de la ciencia altos salarios. A tasa Simadi, un investigador gana entre 50 y 100 dólares mensualmente. Afuera, los salarios oscilan entre los 3.000 y los 5.000 dólares, dependiendo de la experiencia. En el Proyecto Prometeo un investigador puede ganar cerca de los 4.500 dólares.

De acuerdo con el sociólogo Iván de La Vega, implementar un programa de captación como Prometeo sería imposible en el país porque ni siquiera los venezolanos que emigraron estarían dispuestos a volver por la situación actual. Vega también señala que tampoco se motiva a la gente a regresar, como se hace en otros países. “Gobiernos como Colombia tienen esfuerzos como la Red Caldas y Es hora de volver, programas que promueven el regreso de colombianos que se han especializado afuera. Sin embargo, en Venezuela este tipo de esfuerzos por parte del Estado no existen, ni siquiera virtualmente. “Parece que mientras más gente se vaya, mejor”, explica.

Se ha duplicado el número de personas cualificadas que están en el exterior con respecto a las que están en el país, sobre todo aquellas especializadas en medicina y tecnología”, asegura de La Vega. Según el especialista, este capital humano difícilmente se podrá recuperar, al igual que la experiencia. “Un PhD tarda al menos 30 años en especializarse. No es solo la inversión cuantitativa que se hace sino la cualitativa”, agrega.

Sin embargo, en febrero de 2006, hace casi 10 años y durante el lanzamiento de la Misión Ciencia, el entonces presidente Hugo Chávez señaló: “Todo esto de la Misión Ciencia -y esta frase que me salió aquí hace unos minutos: una explosión masiva, me gusta la frase, explosión masiva de conocimiento, como una lluvia masiva-, nos va a permitir producir no solo en el futuro, futuro y no muy lejano, no solo para el consumo interno sino para pueblos hermanos que son explotados por las transnacionales, productores de países del Caribe, de Suramérica a los que les venden esto carísimo; nosotros podemos, porque tenemos cómo producir, cuando podamos, cuando tengamos producción suficiente después de haber abastecido la necesidad nacional, vender a otros países, a otros pueblos a menor precio, para no explotarlos sino ayudarlos a salir también de la pobreza y del atraso”.

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