El país soñado… y con café

cafe

Ana Julia Niño Gamboa

Abogada egresada de la Universidad Central de Venezuela con experiencia en derecho constitucional y derecho administrativo. Asesora en la Oficina del ex Rector Vicente Díaz (Consejo Nacional Electoral). Profesora universitaria en las áreas de Ética y Legislación de la Comunicación (ECS-UCV).

Ni tomando café se me quita el sueño de un país mejor. No hablo de la Venezuela pasada, aquella en la que los perros podían comer perrarina, y donde incluso la gente de menos recursos accedía a la canasta básica y no necesitaba anotarse en una discriminadora lista para comprar alimentos, ni mendigar por una bolsa del Clap. Tampoco hablo de cuando siendo del interior del país, pude venir a Caracas a estudiar en la Universidad Central de Venezuela. Tenía clases hasta las 7 de la noche, y caminaba sin el terror que hoy perfora los huesos ciudadanos. Por cierto, en esa misma Universidad hacían vida política muchos que hoy, desde el gobierno, le quieren quebrar el espinazo.

No afirmaré esa odiosa frase (realmente la detesto) “éramos felices y no lo sabíamos” porque no todo era felicidad. Había personas que vivían muy mal, a cuyas casas no llegaba el agua limpia, personas que padecían la lluvia porque todo se les convertía en barro, su calle, su patio, su sala y hasta su ánimo. A esas personas se les hacía creer que todos los gobiernos les ayudaban, o les ayudarían, promesa electoral de por medio. Existían cada 5 años, cuando los candidatos presidenciales iban a besar viejitas y a cargar carajitos que moqueaban. Esas personas siguen ahí y así. Ni siquiera Chávez, que se les coló en el alma con el cuento de haber vivido en la pobreza digna, criado por su abuela en un rancho con piso de tierra, que les prometió el mar de la felicidad, y lo que hizo fue traficar con la necesidad de la gente. Convertirlos en clientes del gobierno. Una clientela obediente y sumisa.

Entonces aquello que mi café no aquieta, el sueño que no se me pasa, es tener un país que parece que íbamos a ser pero que no ocurrió. Sencillamente quiero un país vivible, normal, incluso aburrido y no la manida maldición china de “vivir tiempos interesantes”. Tiempos que han movido mucho en la estructura de campamento que hemos sido casi que históricamente pero que no promete, a corto plazo, convertir a favor el saldo de lo vivido.

Claro que no basta soñar, sobre todo porque muchos piensan que soñar se hace durmiendo. No necesariamente. Lo que ocurre es que soñar tiene mala prensa, y por eso todo el que se atreve a ensayar tener otra vida, de una forma distinta y no atada a la realidad real (por cierto, aún nadie puede decir cuál es esa) es acusado de soñador. Cuando usted enumera las cosas que quiere hacer, cómo las quiere y lo que tendrá que hacer para lograrlo, entonces está atreviéndose a soñar, y no se duerme, por el contrario, trabaja más duro.

Todos queremos un país mejor, y ese país empieza por nosotros mismos. Los errores cometidos deben dar las lecciones necesarias. Debe haber más acción y menos decretos en forma de mantra. Soñar un país pasa por pensarlo y pensarnos. Apostarle, por ejemplo, a uno en el cual las bellezas naturales sean un plus que nos haga más amable la convivencia. Y que esos recursos puedan ser una fuente más de ingreso económico y no sólo la fuente de inspiración de cantantes, misses e intensos. Que sea inclusivo. Con Universidades forjadoras de pensamiento crítico, y no eso de universidades chavecistas o antichavecistas.

Un país con un gobierno responsable, que le diga a la gente las dificultades que hay que afrontar y tome los correctivos necesarios para no seguir cuesta abajo, y no ese parapeto que se pasa la vida denunciando conspiraciones y culpando a otros de su ineficiencia e ineficacia. Un país de maestros y profesores orgullosos porque trabajan con la materia prima de la ciudadanía. Que condene de entrada al pícaro, al que acude al amiguismo y al nepotismo, a los atajos, a la corrupción y el facilismo, sin importar si ese giro moral los beneficia. Con ciudadanos que les interese la Política, es gravísimo desentenderse de ella. En ese país puedes disentir sin correr el riesgo de ir preso sin juicio previo.

Un país que entienda el rentismo como un ingreso más para el enriquecimiento nacional y no como derecho distorsionado a que te den porque sí. Dejar de ser los eternos merecedores sería un gran paso. Para orgullo de muchos, nuestras ciudades han sido la nueva París, el Londres tropical, playas de tibio Mediterráneo y un largo etcétera, abandonemos las imitaciones vacuas que aún hoy nos tiene en el eterno guayabo y la histórica tristeza.

Muchos países grandes y cultos vivieron dictaduras y macabras guerras, sus ciudadanos huyeron y algunos vinieron a Venezuela, acá se propició esa mezcolanza que actualmente les permite a algunos irse del país con el pasaporte de otro color, esos países hoy nos reciben precisamente porque superaron ese sino. Por cierto, el país que tengo en mente me permite comprar café. Me permite tomarlo sin quitarme el sueño de un lugar mejor para vivir ahí, pero no así.