El abrazo de Hulk

Tuve el placer de conversar públicamente con Héctor Torres sobre su libro “Objetos no declarados” durante el Festival de Lectura de Chacao. Pasé varios días tratando de hilar mis impresiones con sus historias, su urbanidad con la mía. Un choque las alineó. Les cuento.

Un par de taxistas chocan en una calle de Chacao. El frenazo del primero, le hizo imposible al segundo recortar la velocidad para no llegarle. El que frena apaga el carro y abraza el volante. Yo estoy a su lado. El que lo chocó, se baja como una fiera y grita: “Pero bueno, maldito mamagüevo, ¿qué coño de la madre es lo que te pasa a ti? ¡Bájate de esa mierda y arreglamos este peo ya!”. No pude moverme. La ira de ese Hulk me hizo temer el destino del señor que veía a mi lado. Hulk golpea la maleta del carro. Otros transeúntes se detienen expectantes. El primer taxista no soltaba el volante, mantenía en su mano derecha un teléfono celular. La fiera revisaba su parachoques, sus luces. Negaba con la cabeza y decía más groserías. Así hasta llegar a la puerta del delantero y patearla. Nadie interviene. Todos vemos.

El taxista delantero abrió lentamente la puerta. Su rostro estaba enrojecido, sudado. Una suerte de gemido acompañaba sus movimientos. Negaba con la cabeza. Hulk abre espacio como para estudiarlo. El delantero muestra su celular y le dice llorando: “Perdóname. Me acaban de avisar que se me murió mi vieja”. Un sonido común rompió el silencio. Hulk se humaniza en un nanosegundo, se hace Bruce Banner. Abre sus brazos al delantero y dice: “Coño, hermano, qué desgracia. Ven acá”. Con la mano derecha le envuelve el cuello, con la izquierda lo abraza. El delantero llora con desconsuelo. Nadie tocó corneta. Los que van pasando respetan la escena, la intuyen. Bruce Banner se aleja por momentos para preguntarle por su mujer, por sus hijos. El delantero responde bajito, gimiendo. Banner palmea su espalda y le abre la puerta del carro. Le indica que dejen eso así, que él resuelve; que trate de irse directo a la casa, pero que se serene, porque si sus hijos lo ven así “se jode todo”, que no olvide que él es un padre de familia, el hombre de la casa y ahora es que empieza lo más duro.

El delantero arranca y Bruce Banner recoge su parachoque. Algunos testigos le agradecen lo que hizo, lo miran con amor. Banner suspira antes de arrancar y todos vuelven a sus propias historias.

La compasión es una emoción arrolladora, difícil de declarar.

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