Eduardo Liendo: La utopía no resistió la prueba de la realidad

Si te acuerdas de la portada del disco Sargento Pimienta y el Club de los Corazones Solitarios de los Beatles, tal vez el album más famoso de la banda de Liverpool, tendrás una idea de por dónde va Contigo en la distancia, la novela más reciente del escritor venezolano Eduardo Liendo; sí, el mismo que se acaba de ganar el Premio de los Libreros correspondiente a  2015.

De esta manera Liendo, nacido en Caracas en 1941, cierra el año con broche de oro, pues ya antes había sido distinguido con el doctorado en Letras Honoris Causa de la Universidad Cecilio Acosta en Maracaibo, que compartió con Francisco Massiani, y además participó en las ferias del libro de Valencia, Caracas y Margarita.

Liendo corona en esta novela una trayectoria literaria de muchos años, pero siempre fiel a la imaginación, un caso raro en nuestro mundillo literario tan apegado al realismo. Pero no Liendo, él desata los amarres de la imaginación y su prosa alcanza vuelos líricos cuando se une a la memoria, esa otro gran motor de toda buena literatura.

HACIA EL FINAL DEL FIN 

Elmer, un niño caraqueño, decide salir de su casa en Prado de María a emprender un viaje y para ello se acerca a la parada más cercana y se monta en el Circunvalación N° 13, un autobús que hace un largo recorrido rodeando la ciudad. El niño está emocionado por haber tomado la determinación de salir solo, sin pedir permiso a su mamá. Sin embargo, éste no es un autobús cualquiera, está manejado por un chofer medio loco, con bigotes y gorra roja, y lo asiste un colector llamado Sócrates.

Por las ventanas del vehículo, el niño ve pasando toda su vida, como si fuese un adulto.

Enseguida entendemos que el viaje es simbólico: este niño en verdad es un adulto que recuerda su vida y el viaje, sin retorno, es una metáfora de la existencia. El chofer explica que ese autobús no se detiene sino hasta llegar “al final del fin”. Pero el viaje no es tedioso, por el contrario, se anima con una cantidad de personajes que van subiendo al autobús: los que Elmer conoció de niño o de adulto, sus héroes del cine o de la música, sus personajes literarios favoritos y, siempre serio, absorto, el doctor José Gregorio Hernández.

–¿Por qué entre tantas referencias musicales escogiste este bolero para titular tu novela?

–Por el sentido de evocación que tiene la letra. Contigo en la distancia es un bolero del compositor cubano César Portillo de la Luz, quien lo compuso a los 24 años y murió a los noventa y pico. Es una de las canciones más interpretadas. La versión que más me gusta es la que canta Sadel. Me pareció una canción muy hermosa para un reencuentro entre Elmer y su maestra Omaira de primer grado, de la que está secretamente enamorado.

–¿Ser escritor es una manía incurable?

–Sí, por lo menos en mi caso, porque aunque yo no esté escribiendo todos los días siempre ando en un proyecto. Recuerdo una vez que Pancho Massiani dijo que escribir era una maldición porque cuando él iba a escribir pensaba “yo debería estar en la playa, echándome tragos y viendo chicas en bikini”, y cuando estaba en la playa pensaba “yo debería estar escribiendo”. De todas formas como es una esclavitud, digamos que voluntaria, no tiene porqué dejarse sino todo lo contrario: agradecerse casi como un don. Poderse expresar mediante la palabra escrita es un privilegio grande. Incluso desde el punto de vista terapéutico. Creo que era Gunter Grass quien decía que no sabía cómo hacían otras personas para quitarse sus neurosis, pero él escribía. Evidentemente, hay bastante de catarsis. Además es un ejercicio de imaginación.

–También aparece Franz Kafka, quien dice: “En contra de toda tranquilidad, me aferro a mi novela…gracias a que escribo me mantengo vivo”.

–Kafka es un autor que, sin yo haberme calificado nunca de kafkiano, al final ha resultado que su influencia en mí es mucho más grande de lo que imaginaba, tan es así que escribí Las kuitas del hombre mosca, que es una historia de metamorfosis; en Los Platos del diablo hay una persecución del retrato de K. Siempre está en mis escritos.

–En cierto momento del trayecto Harry Haller se monta en el autobús. ¿por qué?

El lobo estepario es un libro esencial para mí como lector y como escritor porque yo lo leí a los 21 años, estando preso en Tacarigua. Me rompió los esquemas porque yo el único realismo que conocía era el ruso y un poco el francés. Leía mucho a Tolstoi, a Dostoievsky a Flaubert, todos esos autores los leí temprano, pero esta novela rompía con ese tipo de realismo, metía la imaginación en escena. Hacía de la personalidad una cosa que me interesó muchísimo. Después de leer eso me interesó el autor, Hermann Hesse; leí otros libros suyos, pero siempre vuelvo al Lobo estepario, me divierte muchísimo, me enseña mucho sobre la condición humana.

“LA UTOPÍA TIENE LAS RODILLAS ENSANGRENTADAS”

Eduardo Liendo fue militante político de izquierda en la Década Violenta, la de los sesenta, pero cayó detenido y estuvo preso seis años en la Isla de Tacarigua o Isla del Burro, ubicada en el Lago de Valencia. Ya había sido usada como lugar de reclusión de presos políticos antigomecistas y la reabrió Rómulo Betancourt como campo de concentración para guerrilleros, llegando a convertirse en una cárcel tan cruel como La Rotunda de Gómez.

En la novela, un grupo de presos liderado por el monje anarquista Arcadio Hipólito planea una fuga de la Isla de las Pasiones Literarias y a tal efecto abren un túnel, que también les sirve para esconder los libros que son su más preciado tesoro, porque les permiten soñar y ser libres. Luego se fugan, pero en esa fuga imaginaria aparece el mar, no el lago de Valencia.

–Todo eso del cuidado a los libros es verdad. Yo recuerdo que un libro que amé y que protegí de la guardia fue Juan Cristóbal, de Romain Rolland. Este libro lo cuidé en serio porque estábamos haciendo una huelga de hambre, la guardia entró rompiendo todo y yo lo tenía escondido;  salvar ese libro que tiene como mil páginas fue una proeza. Siempre lo tuve como una cosa extraordinaria, porque parecía un libro mandado a hacer para que uno se enamore del paisaje y de la protagonista Antonette.

–Tú estuviste preso por una utopía. ¿Crees que haya alguna utopía por la que valga la pena vivir o morir?

–Por lo menos la utopía en la que nosotros creímos –felicidad para todos– creo que no resistió la prueba de la realidad. Hubo generaciones completas que murieron por la utopía; una la conoces tú muy bien que es la guerra civil española. La gente caía presa e iban a la muerte pensando que lo estaban haciendo por sus nietos. Ahora eso es lo que está fracturado. Lo que no quiere decir las ilusiones y los sueños del hombre porque esos son eternos. Pero la utopía como lugar paradisiaco donde todos los hombres son iguales, donde las diferencias de clase desaparecen, eso sí está liquidado.

–¿Pero sí podemos aspirar a una vida mejor?

–Cómo no. Es más, yo suscribo lo que dijo Amiel: que la ilusión es el motor universal. Yo pensaba, cuando aún era revolucionario, que la utopía era liquidar la pobreza; eso sí es factible porque incluso otros países ya prácticamente lo han logrado. ¿Por qué nosotros debemos resignarnos a tener pobreza siendo países que tienen recursos considerables? Si tú me preguntas por una utopía real para Venezuela hoy te diría que es esa: eliminar la pobreza.

DOY POR VIVIDO LO SOÑADO

El Circunvalación Nº  13 sigue su recorrido por una Caracas que ya no existe. En un momento dado se desvía por una carretera misteriosa, a veces parece volar entre las nubes. Se suben otros personajes, quienes hablan con Elmer. Don Pedro Vargas les dedica toda una serenata, complaciendo peticiones. Elmer se pregunta cómo es que cabe tanta gente en el autobús. Tal vez la respuesta está en que la parte trasera hay como una niebla donde los personajes desaparecen.

–En tu novela son importantes los personajes femeninos como la tía Maruja, la maestra Omaira, Micaela, Eri, la sirena Lisber, pero háblame de la abuela Gregoria. Dicen que detrás de todo narrador hay una abuela que le contaba cuentos.

–Gregoria era más bien lacónica. Una abuela que suplió un poco a la madre porque aunque mi mamá nunca estuvo plenamente ausente, ella trabajaba en una pequeña quincalla. Y mi abuela era la que lidiaba con los varones; uno después se da cuenta de lo que representaron algunas personas en mi vida. Ella era la bondad, la protección, a veces el regaño. Vivía en Prado de María, calle La Saleta detrás de la unidad educativa Gran Colombia; allí había una carbonería y guardaba su coche Isidoro, el último cochero de Caracas.

–Es un soplo la vida… ¿entre tango y bolero qué prefieres?

–Depende del momento. El tango es la tragedia, el legado de los emigrados, ocurre en los suburbios y allí hay un componente de desarraigo muy grande, una nostalgia por algo que se perdió. Volver es un gran poema y cantado por Gardel, un gran tango.

–Este es un libro escrito desde la nostalgia ¿La nostalgia es una trampa?

–Tiene un componente nostálgico obvio. Es inevitable porque hay conexiones con la nostalgia específica, inesperadas algunas, por eso la música juega un papel tan determinante. Tú la puedes provocar, pero también es inesperada. Cuando escuchas una canción tu te remontas: coño, estaba en la escuela o en la universidad, estaba enamorado de fulanita. Entonces te da la calihueva. Cuando estábamos presos y decían: coño, estás encalihuevado, quería decir que no te había llegado visita, que estabas down.

–Algunos dicen que tiempos pasados fueron mejores. No veo esa consideración en tu novela.

–A Ana Teresa Torres le gustó la novela, y hace una reflexión que me encantó; ella dice que lo que más le impresiona es que no sólo hay una recuperación del tiempo sino del espacio, que los personajes siempre están hablando en primera persona y en presente. Marilyn Monroe, por ejemplo, habla en presente.

–Dijiste en otra entrevista que no eras el escritor que hubieras soñado.

–Fue un tanto espontáneo, no tengo una reflexión en particular. Tú sabes que la ensoñación siempre va por encima de la realidad. Cuando a ti te felicitan por algo, te sientes como un triunfado; pero el que sabe la medida de tu ensoñación eres tu mismo. Si no eres vanidoso piensas que deberías haber logrado mucho más. No he escrito la novela que siempre quise porque esas cosas muchas veces no se planifican. García Márquez, cuando escribió Cien años de soledad, pensaba que de su novela no se venderían más de cinco mil ejemplares. Y se produce aquel fenómeno extraordinario. Después escribe “con todos los hierros”, El otoño del patriarca, libro que se queda en las estanterías de las librerías. Cada libro es un imponderable.

–Cómo te sientes con respecto al reconocimiento que finalmente has obtenido.

–No es que uno trabaje para el éxito, pero sí para el aprecio de los lectores. Los logros y  reconocimientos en la mayoría de los escritores, son tardíos, y cuando se producen te parece que se lo están dando a otro. Pero yo estoy viviendo un estado de gratitud y agradecimiento. La feria en Margarita, luego en Valencia y acá y después el doctorado honoris causa… Si eso no llena tu expectativa, tu pequeño ego, entonces nada lo hace.

El Circunvalación Nº 13 ya ha pasado por las calles de la Nostalgia, del Amor y de los Cines, ya se acerca “al final del fin”. Cada vez se parece más al Submarino Amarillo de los Beatles, por eso no debe extrañar que se suba John Lennon a cantar Imagine.

A sus 74 años, Eduardo Liendo sigue escribiendo aunque tal vez no dedicándole el tiempo que desearía por motivos de salud. El cineasta Woody Allen, a quien admira y metió en su novela, cumplía 80 años el día de la entrevista y sigue muy activo.

–Tengo un proyecto novelístico que ojalá lo pueda cumplir, porque Salvador Garmendia decía una vaina que a mí me encantaba: mientras un novelista tenga una novela en la cabeza no se puede morir.

 

 

 

 

 

 

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