Cuba en tiempos de cambio

Gianmarco Greci / @gianmarcogreci

 

“O rectificamos o nos hundimos”

– Raúl Castro, Diciembre 2010

Desde que Obama y Raúl Castro anunciaron, el 17 de de diciembre de 2014, que las relaciones entre Cuba y Estados Unidos se normalizarán, muchos se han preguntado sobre las implicaciones concretas. En La Habana, la mayoría quiere que el proceso de cambio se acelere, mientras otros se sienten cómodos en la calma.

La razones por las que es tradicionalmente complicado opinar sobre Cuba tienen que ver con la polarización extrema que existe en el mundo alrededor del tema. Quizás las opiniones ya no difieran en torno al fracaso o éxito del proyecto iniciado en 1959 – pues, al menos en términos materiales, es muy difícil no catalogarlo como un fracaso – si no más bien en torno a las causas de la decepción. El modelo marxista-leninista para unos, el bloqueo económico para otros, etc. No es mi intención adentrarme en este debate aquí, pero sí quisiera sugerir que las discrepancias no son sólo producto de la información parcializada a la que podemos acceder desde afuera. No se trata únicamente de la vieja lucha ideológica condicionando nuestra la visión del mundo. Ir a Cuba no implica descubrir su verdad. Entenderla requiere más que simplemente escoger un lado de la polarización.

Por lo que pude percibir en La Habana, en las últimas semanas, actualmente la gran mayoría de los cubanos se encuentran ávidos de cambios; y cambios profundos. Luego de que Raúl asumiera como líder de facto de Cuba (Presidente del Consejo de Estado), se anunciaron, en abril de 2011, una serie de reformas (cerca de 300) que se interpretaron como una transición hacia una economía de mercado (al estilo Chino). Entre estos “nuevos lineamientos económicos” estaba el otorgamiento de licencias para empresas privadas, la compra y venta de automóviles y casas, permisos para viajes, y reformas agrarias. Oficios como el de taxista, obrero, y comerciante, entre muchos otros, ya no dependerían del Estado, y hasta se implementaron incentivos para el auto-empleo y formación cooperativas independientes. Todo parecía indicar que Raúl se desmarcaba del estatismo fidelista. Rápidamente comenzaron a surgir a lo largo de la isla pequeños comercios como cafeterías y restaurantes (así como venta de ropa y calzado – que luego volvieron a prohibir porque le hacían mucha competencia a las TRD estatales – Tiendas de Recuperación de Divisas). No todos los cubanos, sin embargo, sienten que se haya efectuado un verdadero cambio.

Según las encuestas realizadas por el IRI en 2012-2013, el 66% de los cubanos a lo largo de la isla respondieron que la situación económica de sus familiares no había cambiado en lo absoluto (mientras que un 23% había percibido mejoras y un dijo 10% que su situación empeoró). En relación con las reformas específicamente, el 64% se siente completamente inafectado, como si no hubiera cambiado nada.

Si las reformas han sido al menos parcialmente ejecutadas, ¿a que se debe la percepción de que el cambio realmente no termina de llegar? En términos generales creo que la respuesta es sencilla: lo que antes eran restricciones legales han pasado a ser restricciones económicas. Es por eso que para la gran mayoría de los cubanos las cosas siguen más o menos igual. Pero para ser más específico sobre lo que quiero decir con “restricciones económicas” es necesario hablar un poco de la economía y el sistema cambiario en Cuba.

En Cuba existen dos monedas, el peso, o comúnmente llamado “moneda nacional” y el peso intercambiable, llamado CUC. La explicación histórica de la existencia de dos monedas es la siguiente: a finales de los 80s y principios de los 90s -lo que en Cuba se conoce como el “periodo especial”- la economía cubana sufre de una crisis aguda, con una contracción del 33% del PIB (Darío, un empleado de una librería estatal en La Habana, me comentó -refiriéndose al periodo especial- que “hasta los gatos desaparecieron de las calles”, dejando que yo sacara mis propias conclusiones). La Unión Soviética, principal aliado comercial de Cuba, cae en 1991 y la Antilla Mayor pierde el 80% de su comercio (además, el gobierno de EEUU afianza su bloqueo con el Cuban Democracy Act de 1992). Para aliviar el hambre y la necesidad a la que se vieron sometidos los cubanos, el gobierno decide recurrir a una fuente de riqueza pre-revolucionaria: el turismo, y comenzó a otorgar concesiones para que compañías extranjeras formaran alianzas público-privadas en hotelería y otros sectores relacionados. Como resultado en 1994 comienza a circular legalmente el dólar, y aparecen tiendas y servicios que trabajaban exclusivamente en dólares y que estaban reservados estrictamente para el disfrute de turistas. Es durante estos años que se genera la imagen de las dos Cubas: la de los turistas y la de los locales.

El CUC entra en circulación desde 1994,  inicialmente equivalente a 1:1 al dólar, y con intenciones de sustituirlo en el futuro. Finalmente en 2004 se vuelve a ilegalizar la circulación del dólar, y todos los comercios, hoteles, y servicios disponibles para los turistas comienzan a trabajar exclusivamente en CUC. Su valor teórico es de 1:1 con el dólar, pero al cambio en efectivo, para mi sorpresa, se le aplica un impuesto del 13% (por $100 me dieron 87 CUC). El viejo peso, la moneda nacional, que tiene una tasa de 25:1 con el CUC (en la compra, y 24:1 en la venta) se sigue utilizando para el pago de sueldos.

¿Qué quiero decir entonces con “restricciones económicas”? Según la Oficina Nacional de Estadista e Información (ONEI), el sueldo promedio de un cubano es de 471 pesos (2013). Con el cambio de 25:1, esto representa 18.84 CUC o cerca de $19 mensuales. Para quienes no viven en Cuba esto suena como una aberración. Después de todo en Venezuela el sueldo mínimo es de Bs. 5.622,48, que al cambio Simadi del día es aproximadamente $33, y ya esto no alcanza para mucho. Sin embargo, la economía en Cuba no funciona como una economía normal (no que la nuestra sí). Los ciudadanos de Cuba tienen acceso a tiendas en las que se venden productos y alimentos muy básicos (lo estrictamente necesario) a precios muy baratos en moneda nacional. A esto también hay que agregarle que los cubanos no se preocupan por pagar educación, transporte, y servicios de salud, pues son completamente garantizados por el Estado. La idea es que el cubano pueda vivir tranquilamente con su sueldo, mientras que la economía paralela del CUC esté reservada para los lujos de los turistas. La realidad, sin embargo, es que se generan distorsiones análogas a las que experimentamos los venezolanos, en las que los productos a precio de moneda nacional escasean y son de baja calidad, y donde para conseguir lo necesario muchas veces hace falta disponer de CUC.

 

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Aun cuando se han levantado las restricciones legales, por ejemplo, en cuanto a la posibilidad de viajar o de comprar una casa, la mayoría de los cubanos están económicamente aislados de la posibilidad de ejercer sus recién adquiridos derechos. Alex, un cocinero de 33 años, vive en La Habana y se quisiera mudar con su nueva esposa a una casa en la que no residan sus tíos o sus suegros, pero me dice: “para nosotros es imposible ahorrar lo suficiente”. La compra y venta de casas se legalizó en noviembre de 2012 (desde 1959 las casas eran heredadas y compartidas entre familias  o intercambiadas en mercados negros). Justo después de la legalización, los precios de las casas comenzaron a subir aceleradamente. A pesar de que la compra y venta está legalmente prohibida para extranjeros, muchos cubanos en el exterior comenzaron a adquirir propiedades a nombre de sus familiares o amigos en la isla, lo que ha generado una burbuja inmobiliaria que asila a los locales del mercado. El precio del metro cuadrado promedio cuesta alrededor de $250, es decir, un apartamento modesto de 70 mts puede llegar a costar más de $17.000. Con el sueldo de 430 pesos ($17.32) mensuales que gana Alex trabajando de cocinero, el levantamiento de las restricciones no se ha traducido en la posibilidad de comprar una casa.

Sin embargo, algunas personas logran ahorrar más que otras (y no, no me refiero solo a los cercanos al gobierno). Cuando un turista europeo decide dejar €3.00 de propina al hombre que le ayudó con sus maletas en el hotel, a la mujer que limpia su habitación, o €5.00 al taxista que lo llevó al aeropuerto, se genera una economía informal muy lucrativa alrededor del turismo. Los cubanos que están más cerca del turismo (a varios niveles) tienen mayor probabilidad de acumular lo suficiente para disfrutar de beneficios como el Internet o para tener celulares más modernos.

Javier, por ejemplo, es un psicólogo que ejerce su profesión durante el día y en las noches es portero de un restaurante turístico. “Mi esposa quiere que deje de ser psicólogo”, me explica “pero eso es lo que me da satisfacción personal”. Su esposa quiere que deje de ejercer psicología para dedicarse tiempo completo a ser portero de restaurante. “Aquí gano más con las propinas”, me dice “aunque no tanto como los mesoneros de adentro”. Su sueldo mensual cómo psicólogo es de 500 pesos (20 CUC), lo mismo que puede ganar durante un fin de semana en propinas en el restaurante. “Aquí tu le dices a una muchacha que eres médico y no quiere nada. Pero si le dices que eres mesonero, se va contigo”. La abuela de Javier vivió en Nueva Orleans, y gracias a ella aprendió a hablar el inglés desde pequeño. “Por hablar inglés conseguí trabajo aquí, para poder hablar con los turistas”, me dice – refiriéndose al restaurante, “son trabajos difíciles de conseguir”. Javier tiene amigos y familiares que viven en el exterior como parte de los programas de exportación de médicos, pero él no ha querido salir de su país – a pesar de que podría vivir mejor afuera. “Me gusta mucho mi país y mi gente”, comenta con sentimiento. Cuándo le dije que soy venezolano, me contó que las listas para inscribirse en programas sociales en Venezuela (de medicina) solían ser las más pobladas, pero que ahora los cubanos prefieren otros destinos. Tiene un primo médico en Aragua que le ha contado sobre Venezuela,  y lo que más le impresiona es la violencia y la escasez. “Hasta le hemos tenido que mandar jabón”, me confiesa – enteramente consciente de la ironía.

Este tipo de experiencias explican porque los turistas suelen sentir que en Cuba los locales parecen estar siempre buscando donaciones. Desde la apertura al turismo y el levantamiento de ciertas restricciones, un gran número de cubanos han dejado o suplementado empleos estatales con fuentes de ingreso informal relacionadas al turismo. En un país en el que el Estado pretendía controlar la economía desde le organización centralizada, hoy en día reina la informalidad. Vendedores ambulantes pueblan las calles más turísticas vendiendo torrejas o churros hechos por ellos mismos a precios extravagantes para los locales, pero que los turistas están dispuestos a pagar. Tienen una licencia que les otorga el estado para hacerlo, y pagan impuestos altos sobre sus ventas. Hablando con un vendedor le pregunté sobre como controlan las ventas, y si se podía declarar menos de lo que en realidad vendía. “Hay gente que lo hace, pero yo no”, me respondió – siempre, como es costumbre en Cuba-, cuidándose las espaldas.

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¿Qué significan para los cubanos las declaraciones de Raúl y Obama sobre la futura normalización de relaciones? Todas las personas con las que pude hablar durante mi estadía en La Habana lo perciben como algo positivo. Para muchos, la implicación más directa y fácil de comprender es en relación con el  turismo. “EEUU es un país muy grande y rico que está muy cerca, y eso hay que aprovecharlo”, dice Alex. Si las restricciones para viajeros norteamericanos se levantan, el turismo en  Cuba ( industria de $2.9 mil millones al año) podría aumentar considerablemente. El país que más contribuye con el turismo actualmente es Canadá, con 1.1 millones de turistas al año (el total es 2.9 millones). Si un país como Canadá, con una población de 35 millones, envía 1.1 millones de turistas a al año, ¿cuántos turistas llegarían desde EEUU, que tiene una población de 318 millones, y está mucho más cerca? En una economía que es cada vez más dependiente del turismo (en especial en vista de que Venezuela podría dejar de enviarles petróleo), y en la que la población logra disfrutar de las reformas sólo si acumula lo suficiente, principalmente a través de intercambios -formales o informales- con turistas, es extremadamente razonable que todos estén de acuerdo con la apertura.

Quizás esta normalización diplomática con EEUU haga que los cambios sean percibidos en un mayor porcentaje de la población. Los jóvenes, sobre todo, esperan que así sea, pues ellos son los más inquietos e impacientes. El acceso (controlado) a Internet, ofrecido por la empresa estatal Etecsa, a 4,50 CUC la hora, combinado con las interacción e intercambios de email con familiares y amigos en el exterior ha fomentado un incremento en las expectativas de cambio de las nuevas generaciones. La juventud se siente restringida informáticamente, y se sienten frustrados con el ritmo de cambio. “Una hora es muy cara y apenas me alcanza para enviar uno o dos emails”, relata Alex, “me tardo mucho encontrando las letras en el teclado porque nunca tuve mucha práctica”. La recién anunciada llegada del servicio Netflix a Cuba, por ejemplo, no tendrá mucho impacto real en la población si no se hace más asequible el acceso a internet. Nuevamente, lo que antes era una restricción de carácter legal, ahora es una restricción de carácter económico.

Este nuevo tipo de restricciones -a través de anomalías económicas- se repite una y otra vez, en el disfrute de servicios, el consumo, la compra de automóviles, etc, efectivamente permitiendo que sólo una minoría (los que venden un casa por mucho dinero, o los que tengan participación en empresas cercanas al turismo, por ejemplo) puedan en efecto sentir los cambios que prometían las reformas. En Cuba, como en los peores capitalismos, una minoría vive considerablemente mejor que la mayoría. Es natural que muchos reciban la nueva ola de promesas con escepticismo.

Sin embargo, más allá de las implicaciones concretas y a corto plazo, como lo son el acceso a información, la posibilidad de viajar, y el aumento del turismo (sin duda importantísimas), parece haber un desconocimiento general sobre las transformaciones culturales que implicaría la transición hacia una economía de mercado. La competitividad individualista en el ámbito laboral (de la buena y de la mala) es algo que la mayoría desconoce, así como lo que es un curriculum vitae, una tarjeta de crédito, o el impacto que tendrá la publicidad en la vida cotidiana. Quizás es por eso que algunos -sobre todo los más viejos- lejos de sentirse frustrados e impacientes, prefieren asumir los cambios con lentitud. Para Raúl, un señor de 72 años – vestido de visera blanca y guayabera azul- lo desconocido debe introducirse con cautela. Nacido en Matanzas, Raúl llegó a La Habana en 1953, y ahora trabaja cuidando el campanario de lo que una vez fue un convento de La Habana vieja. “Yo viví los dos sistemas”, contó seguido de un pausa. “Todo tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, pero este sistema es un poco más humano”. Cuando le pregunté sobre los cambios, me dijo que le parecía necesario cambiar muchas cosas “pero poco a poco, con cuidado”. Sentí que aquel viejo Hombre Nuevo de la nueva Habana vieja comprendía que para Cuba los cambios son necesarios, pero que también lo acompañaba un temor profundo de que algo valioso, difícil de explicar, se perdiera en el camino.

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