Brassesco, un mago en el arte de vender libros y regalar historias a los periodistas

Para Mary         

Decir que Esteban Brassesco era el librero de los periodistas equivale a decir que Rayuela es solo un libro. Sí, vale como definición, pero no es suficiente para describir a uno de los hombres más importantes del periodismo venezolano en las últimas décadas.

Seguramente al leer esta grandilocuencia se burlaría. Jamás le gustaron las expresiones desbordadas ni la estupidez. Cáustico y mordaz no se saltaba un detalle; le ponía sobrenombres secretos a los periodistas y con las manos cruzadas a la espalda, como los personajes a los que Gregorio Samsa enfrenta en el libro más famoso de Kafka, observaba el devenir de las redacciones de los principales periódicos de Caracas.

Pero es cierto, Brassesco era mago. De sus cinco, cuatro, tres maletas, que se fueron reduciendo en número a medida que se dificultaba la importación de libros, sacaba historias increíbles, cuentos desternillantes, fotos extraordinarias y pedidos estrafalarios. No necesitaba un conejo ni un smoking; con sus camisas de manga corta y el cabello engominado hacia atrás, no tenía nada que envidiarle al hechicero de Camelot.

También había desarrollado dotes de psicólogo. Pocas personas conocían el alma de los periodistas como él. Sabía con una precisión casi inaudita lo que a cada uno le gustaría leer. No es poca cosa adentrarse en las aficiones literarias de los reporteros, saber qué autor te llamaba y cuál te desarmaba. A veces, creo que en sus recomendaciones también iba algo de humor. Una advertencia para suplir carencias al escribir o un guiño de puro afecto.

El señor Esteban -siempre acompañado de su compañera infatigable y fuerte, Mary- era un agente de viajes. Con cada libro ofrecía la oportunidad de hacer travesías literarias, conocer mundos que de otra manera sería imposible. En realidad, ellos dos eran Phileas Fogg y Jean Passepartout, los entrañables personajes de aquella aventura relatada por Julio Verne, encarnados en una pareja de uruguayos que huyendo de la dictadura llegaron a Venezuela y la escogieron para dársela a sus hijos, Stella, Daniel, Martín, Javier y Pablo.

Brassesco era un vendedor avezado y generoso. Llevaban un cuadernito en donde anotaban lo que los periodistas le compraban y lo que le debían. Jamás lo escuché cobrando, jamás discutía sobre eso. Sus conversaciones eran ricas, cargadas de datos, reminiscencias  y advertencias. La política era un tema seguro. Segurísimo. Y cómo lo disfrutaba.

Después del anuncio de su muerte repentina  -aunque tenía 85 años pero parecía inmortal– decenas y decenas de periodistas han escrito cuánto le agradecen. Cuántos buenos momentos le deben. No es poca cosa alimentar redacciones, reporteros, diseñadores, fotógrafos y editores. En un ambiente en el que el descreimiento es ley, las expresiones de afecto unánimes solo dan cuenta de su humildad, discreción y bondad.

En mi vida me he mudado 14 veces y siempre me preocupaba cómo llevar mis libros. Ninguna casa era buena si no tenía espacio para mi biblioteca: gorda, llena, variada,  amada, manoseada hasta el cansancio. Creo que no me equivoco al calcular que al menos el 80% de los libros vinieron de las arcas de Brassesco.

Sin embargo, hoy, cuando quiero acercarme a comprobarlo no puedo. Estoy lejos. Mis libros se quedaron rezagados. Tapizando las paredes de mi cuarto, de mi sala, del cuarto de mis hijas. Mis niñas aprendieron a leer, a enamorarse de la literatura, de la mano de Brassesco; pero todas las hadas, los unicornios, los perros aleccionadores y los gatos elegantes permanecieron atrás, atrapados entre las páginas del destierro.

A Brassesco solo pude llamarlo con el señor por delante de su apellido. Con frecuencia me reclamaba y yo balbuceaba alguna explicación necia. Pero la verdad no sé, no me salía tutearlo. En nuestra última conversación me lo volvió a recordar, pude durante dos intentos, decirle Esteban, pero antes de despedirme, le dije: adiós, señor Esteban.

Lo paradójico es que en esta nota no caben las despedidas. ¿Cómo hablar de partida cuando la memoria y los estantes  siguen ahí? No, esto es solo otro capítulo en el que nos toca recordarlo y agradecerle todo lo que fue.

Fotos: Carlos Hernández

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