Altos precios, cola y desabastecimiento amargan hasta al más alegre al hacer mercado

El carrito de mercado está a medio llenar cerca de la entrada del Unicasa, situado en el Unicentro El Marqués. En él reposan varias latas de atún, sardina y Diablitos Underwood, paquetes de harina todo uso Robin Hood, arroz, pasta Capri, galletas, quita manchas para la ropa, botellas de yogurt, cereales y pan de sandwich. Ninguno de los productos tiene precio regulado, todos aumentan “casi que semanal”, según los empleados.

A pocos metros, un trabajador del supermercado acomoda las cebollas en su espacio y mira con curiosidad a quien se le acerca con cautela. Cuenta que esa es la mercancía que los clientes deciden no llevar cuando llegan a las cajas. La mayoría de las veces dejan los productos que no están regulados. Los que están más caros. Cada hora, uno de los empleados pasa a recogerlos de las cajas o los pasillos. Pueden llenar hasta seis. “Hace un mes solo llenábamos dos, pero como los precios han aumentado mucho, a la gente no le alcanza la plata”.

Es jueves y los productos regulados podrán ser adquiridos por las personas cuyo número de cédula termine en 6 y 7. Solo hay carne a Bs. 220 el kilo. El supermercado está repleto de compradores que luego de hacer la cola para ingresar, deben hacer otra para que les entreguen la carne, y la última, para pagar.

“Mira mamá, un paquete de galletas de soda a 80 bolívares y el yogurt en 100. Eso no lo vamos a llevar”, dice una muchacha que espera su turno por la carne. La pasta Capri -no regulada- está en Bs. 55, cuando la regulada tiene un precio de Bs. 15. El paquete de arroz Mary en Bs. 63, la harina todo uso a Bs. 66, la caja de Zucaritas pequeña a Bs. 176 y la lata de atún Lina pequeña a Bs. 66, mientras que la mediana está en Bs. 98. Los precios son nuevos, así como el del kilo de papa marcado en un cartel grande debajo del anaquel: 437 bolívares. Los clientes pasan, observan, se miran entre ellos y se quejan. “¿Cómo va a ser posible esta vaina?

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Rabia y desahogo en las colas

El ambiente es pesado. Se escucha una bulla en todos los pasillos que se intensifica cerca de las cajas para pagar. Solo se distinguen palabras claras si se mira a las personas mientras hablan o los gritos son muy fuertes. “Cajera, mueve esas manos chica”, grita un hombre en la fila mientras sacude el periódico que lleva, con expresión de rabia.

“Deja tu vaina chamo. Nosotros te vamos a paga’ esa mielda. Yo tengo plata pa’ pagarte eso y más”, dice un muchacho de camisa gris y gorra roja que sostiene en sus manos un jugo de manzana abierto. Otros dos lo acompañan. Se ríen y beben los jugos. Uno de los vigilantes del lugar les llama la atención. Ellos continúan insultándolo.

—Y que a partir de la semana que viene van a quitar lo de la venta por número de cédula, pero van a dejar los captahuellas.

—Es que el gobierno le gusta gastar por gastar. ¿Para qué van a seguir gastando un dineral en captahuellas si no hay nada que comprar?— la pregunta se queda sin respuesta.

Todos se quejaban entre ellos. En una de las filas dos mujeres se gritaban porque una se metió cuando no le tocaba. “La gente anda acelerada. Esto no parece un mercado. Parece un psiquiátrico”, dijo Desire Castro.

En el Excelsior Gama del Centro Comercial Líder, permitían  dos pollos por 264 bolívares luego de hacer la cola afuera y chequear el número de cédula. En una de las esquinas reposaba un carrito lleno de galletas importadas, botellas de yogurt y pan de sandwich. “Aquí se pueden llenar dos carros diarios con lo que va dejando la gente o lo que abren y se comen”, respondió uno de los trabajadores mientras mostraba algunos paquetes rotos. En los anaqueles también quedaban productos que clientes dejaron a última hora. Allí no había tanta gente como en el Unicasa y el espacio era más pequeño.

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Una cuadra más arriba del CC Líder está el Central Madeirense. La cola daba la vuelta a la manzana. Vendían harina de maíz, leche en polvo, jabón y mantequilla. El espacio, mucho más grande que los primeros dos supermercados, quedaba reducido ante la cantidad de gente que estaba dentro. Corrían por los pasillos en búsqueda de la harina, o para arrebatarle la cesta a quien se descuidara. De nuevo el desorden y la rabia.

En uno de los estantes cercano a las cajas, estaban acumulados paquetes de pasta a Bs. 76 y harina Doña Emilia que los compradores tiraban cuando se enteraban que había Juana. “Aquí llenamos diez carritos diarios de los productos que no se llevan. Son solo cosas que no están reguladas y hoy, dejan esta harina porque se enteran que hay otra mejor, pero por esto más tarde se matan”, dice entre risas uno de los empleados.

—Bueno, mija, eso es como el dicho que para ser bella hay que ver estrellas; ahora para comer lo que no se consiga regulado, tiene que quedar estrellado el bolsillo— dijo María Gómez, que escuchaba la conversación desde lejos. Por un momento todos rieron y se olvidaron de la harina, el jabón, la mantequilla y la leche.

Vanessa Arenas / @VanessaVenezia

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Fotos: Vanessa Arenas

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